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Síndrome de nido vacío

padre

Desde el momento en el que nacen nuestros hijos inician su camino, el propio, el nacimiento lleva implícito el comienzo de una vida, su vida.

Esto quiere decir que tarde o temprano se separarán de nosotros que, quizá tengan un parecido sorprendente con nosotros pero, quizá no sea así.

Sin embargo esos mismos logros y progresos que celebramos mientras son pequeños nos producen un terror profundo a medida que crecen y van defendiendo intensamente su independencia.

La independencia de los hijos es uno de los grandes traumas de los padres, por alguna razón consideramos desde el comienzo de sus vidas que estas nos pertenecen y que tenemos el derecho de organizarlas, guiarlas y establecer los caminos por los que deben desarrollarse y, cuanto más empeño ponemos más distintos salen ellos.

El síndrome del nido vacío, hace referencia a la sensación de vacío y fin de ciclo que se vive cuando los hijos definitivamente abandonan el hogar familiar tras 20-25 años de convivencia convirtiendo todo en espacios reutilizables y un silencio extremo que, si bien en ocasiones soñamos con el, en ese momento se hace insoportable.

La soledad que dejan los hijos al abandonar el hogar familiar es indudable pero como todo, el planteamiento es dual.

Si no asumimos que tienen derecho a vivir sus vidas y que son personas únicas e independientes, nos afanaremos en imposibles y esto deteriorará considerablemente nuestra relación con ellos.

El síndrome del nido vacío puede transformarse con una actitud positiva, un reencuentro con nuestra pareja en la edad adulta, con la satisfacción de haber c cumplido con la crianza de los hijos como un equipo y la tranquilidad de poder dedicarse a disfrutar de los años que vienen sin la preocupación extrema que produce la crianza de un hijo y disfrutando de seres que se han convertido en adultos y que pueden aportar conocimientos y puntos de vista particulares que enriquezcan la relación.

Sería muy cruel que les transmitiéramos nuestros miedos y frustraciones, sería egoísta impedir que vivieran sus vidas y sería nocivo para nosotros como personas centrarnos en impedir que un ser humano que forma parte de nosotros no se realizara como personas.

Encaminemos la crianza a hacer de ellos seres libres y seguros de si mismos y, llegados el momento, celebremos su marcha con la satisfacción del deber cumplido.

Y… mientras llega ese momento, disfrútenlos, mírenlos, protéjanlos y ámenlos… crecen tan de prisa.

Foto: Google